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Cuando las cosas están de pasar

Publicado: 27 agosto, 2021 en Sin categoría

En estas vacaciones nos han pasado un par de cosas de esas que te quedas pensando en la suerte o en el destino que se tiene gracias a los valores que tenemos en nuestro interior:

He vuelto de Asturias con una sonrisa en la cara, lo cual, siempre es habitual cuando pasamos unos días por nuestro sitio preferido de España, pero esta vez ha sido por algo distinto.

Hace un año más o menos que empecé ha hacer paddle surf, más bien, una mezcla de piragüismo ya que uso remo doble y la mayor parte del tiempo voy de rodillas o sentado (llevo a mi hija conmigo y no quiero arriesgar a caernos por ir de pie). Este verano me decidí a llevar la tabla a la playa, todo este tiempo atrás había estado practicando en los ríos y algún embalse, y el primer día, con bandera verde, hinche la tabla con la ilusión que tiene un niño de estrenar juguete nuevo y allí que fuimos Julia y yo, dispuestos a dar nuestro primer paseo por el mar asturiano.

Todo fue bien, nos gustó la experiencia, aquello se movía mas que en el rio por las pequeñas olas, pero todo controlado, sentado, de rodillas, incluso de pie (sin Julia), tenía el control de la tabla a la vez que disfrutaba de las bellas vistas que tiene el paisaje norteño. Es precioso estar en medio del mar, y ver las montañas verdes con sus caballos y vacas pastando a sus anchas.

Pues bien, al siguiente día y con las mismas ganas que el anterior, nos dispusimos a bajar a la playa con tan mala suerte que había bandera amarilla. Pero, teníamos tantas ganas… Así que hablé con el socorrista, le pregunté que como lo veía para la tabla, y me dijo: ‘depende lo experto que seas’. Aún sabiendo que era novato, me vi que me manejaba bien con la tabla el resto de veces, la niña iba con su chaleco salvavidas y los dos estábamos atados a la tabla por si pasaba algo, me olvidé de lo que me decía mi Abuelo siembre en La Antilla: ‘con bandera amarilla, nada de hinchables en el agua’. Y allí que entramos en el agua mientras veíamos las olas…

Al principio, remé hacia dentro lo más rápido posible, para que no nos rompieran las olas, en cuanto pasé ese límite, respiré tranquilo pero, las olas crecían, y tuve que ir más a dentro, hasta que al final pudimos dar un paseo paralelo a la playa sin alejarnos más. Iba hablando con Julia de que guay era esto, que paisajes mas chulos, etc, ella creo que iba tranquila, pero yo por dentro iba pensando el como salir del agua con esas olas tan grandes…

Estuvimos un rato hasta que vi una oportunidad en que parecía que las olas se habían calmado y remé en dirección a la orilla. Cuando llegamos a la zona de olas, sorpresa, no habían menguado como yo pensaba. La primera ola, nos levantó y empujo bastantes metros hacia la orilla, manteniéndonos en la tabla puesto que afotunadamente la ola no rompío encima de nosotros. A Julia le dije que se preparara para la segunda que tendríamos que improvisar según nos remolcase (revolcase) la siguiente ola, todavía con la subida de adrenalina y esa medio alegría nerviosa y miedosa que teníamos de haber salvado la primera ola, vino la siguiente…

Noté la espuma, señal de que nos dio ya rota la ola, y al empujar la tabla, se daleó y salimos disparados al agua. Sumergido a penas dos segundos, pensé -en cuando salga cojo a la niña y nado hacia la orilla-, pero al asomar la cabeza vi a la Julia muy lejos de la tabla, se había soltado su cuerda. Solté el remo que note hundirse con mis pies, nadé hacia Julia asegurándome que yo si estaba atado a la tabla, la cogí del chaleco y nos apoyamos un instante en la tabla para aguantar la tercera ola que nos pasó por encima. En cuanto salimos a flote, nade con un brazo mientras con el otro sujetaba a mi niña que entre lloros me decía que habíamos perdido el remo. Yo la dije: ‘lo importante lo tengo chipi, no te preocupes por el remo, como si perdemos la tabla también’. Y por fin llegamos a la orilla, Julia, la tabla y yo. Cansados, asustados, yo con la preocupación de como estaría la niña, y ella con la preocupación de que nos habíamos quedado sin remo. Y una voz que se repetía en mi cabeza y no paraba: ‘con bandera amarilla, nada de hinchables’ ‘con bandera amarilla, nada de hinchables’ ‘con bandera amarilla, nada de hinchables’… Una vez medio recuperado, vi algo flotar en el agua, era el remo que venia con aire chulesco hacia la arena, me metí en el agua esta vez sin nada y cubriéndome la cintura lo recuperé.

Pasado el susto tanto Julia como yo, nos mirábamos, nos abrazábamos, nos hablamos con la mente diciéndonos, que que razón tenía mi abuelo, que no se nos volvía a ocurrir hacer esta locura.

Pues bien, una de las cosas de la que estoy orgulloso de mi, es que cuando en algo he fallado o de algo me he caído, lo vuelvo a intentar sin dar margen a que me surjan miedos que me impidan intentarlo de nuevo. Por suerte he sabido transmitir ese valor a mi hija. Así que al siguiente día que pudimos ‘surfear’ así lo hicimos.

Bandera amarilla, pero esta vez con el mar más en calma y teniendo claro que no íbamos a adentrarnos tanto en el agua, pensé en hacer un poco de surf sin remos ya que mi tabla es un poco mas estrecha que las de SUP y se puede hacer mixta (paddle y surf). Mientras Julia jugaba con la arena en la orilla, me adentre hasta que me cubrió por la cintura. Las primeras veces, cogía las olas tumbado y me ponía de rodillas, hasta que le fui cogiendo el tranquillo y me fui poniendo de pie. Una sensación de haber conseguido algo más en mi lista de cosas a alcanzar. Ilusión y orgullo pero a medias porque veía que mi niña parecía no querer meterse en el agua, yo tampoco quería insistirla lógicamente, el día anterior se había llevado un gran susto. Seguí cogiendo olas, hasta que una me llevo mas próximo a donde estaba Julia que me había estado viendo de reojo todo este tiempo. Y la volví a preguntar: ‘¿quieres probar tu?’. Esta vez me dijo que si, habitualmente nos retamos en todos los deportes que hacemos juntos, supongo que de verme, tenía un sensación de ‘pique’ sano y miedo a la vez, pero pesó mas el querer conseguir lo que hace su papi. Así que nos metimos en el agua una vez mas los dos, le estuve explicando un poco como hacerlo (túmbate, te empujo cuando venga una ola, corriges rumbo con los brazos, te pones de rodillas y luego de pie), y… así fue, a la primera. Vi una ola buena, mediana, la di un pequeño empujón y como si lo hubiese hecho toda su vida hay que surfeó Julia, tumbada remó con el brazo izquierdo para corregir el rumbo, en cuanto vio que iba recta se puso de rodillas, y rápidamente de pie bajo el asombro de sus papis y abuelos.

No se puede estar mas orgulloso de ella. El día anterior el mar nos dio una lección, pero ese día Julia dio una lección al mundo, se superó así misma y superó sus miedos.

Y bien hasta aquí la primera cosa. La segunda cosa a continuación:

Otro día, fuimos a montar a caballo, al mismo sitio que el año pasado, Julia ya tenía experiencia, y teníamos muchas ganas de repetir la ruta que hicimos por el bosque y playa de agua azul turquesa.

Julia (esto nos lo dijo después) estaba deseando montar a caballo pero no quería dar un paseo solamente, ni tan siquiera trotar. Quería sentir la velocidad y sensaciones que siente Fortu cuando galopa con Spirit. Cosa que era casi imposible porque en estos paseos, lógicamente los monitores se aseguran que sea algo tranquilo y seguro para los clientes.

Pero, cuando las cosas están de pasar…

Montamos Beatriz, Julia y yo junto con otra familia también de tres (mamá, papá e hijo). Y nos pusimos en marcha siguiendo al monitor que nos guiaba hacia el bosque. Enseguida notamos que la mamá de la otra familia, iba muy nerviosa y cada paso que daba su caballo por el sendero de tierra, era un grito o susto por parte de ella. Hasta que al final dijo lo que todos nos estábamos esperando: ‘quiero bajarme del caballo’ marrón para el guia puesto que tuvo que parar al resto, ir a por el caballo de la señora, llamar a compañeros suyos para que la recogieran, etc, etc…

Lo malo, que en todo ese tiempo, le había transmitido miedo también a su hijo. Por lo que él también empezó con gritos y sustos que fue contagiando a los animales. En una de esas, su caballo se giró al sentido contrario donde íbamos el resto, supongo que buscando a su compañero que se habían llevado junto a la mujer. Tano el niño como el padre no atendían a las ordenes del guía para que el caballo les hiciera caso, estaban bloqueados y atemorizados (exagerando la situación real de lo que estaba pasando).

Al final el monitor tuvo que ir a por el chico. Nos dijo que esperásemos nosotros tres en el sitio que nos paramos, pero… los caballos sentían que cada vez el grupo se estaba disolviendo y de repente el mio giro y empezó a correr para alcanzar al guia, al de Julia le entró las mismas así que galopó detrás del mio…

Mientras intentaba no caerme, quería girarme para ver como iba Julia porque solo iba pensando que se me mataba a esa velocidad. Cuando por fin pude girarme y verla, allí estaba Julia, con una sonrisa de oreja a oreja galopando con su caballo sintiendo el aire y diciendo: ‘yuju!! esto es lo que quería!!’

Cuando llegamos al guía, nos miraba con cara de asombro, me preguntó que años tenia la niña, yo le dije 6 para 7, y se asombró aun más. Todo el camino de vuelta fue la anécdota que iba comentando el monitor: ‘¡ha galopado, esta niña ha galopado, increible!’ se lo iba contando a sus compañeros.

Julia feliz de cumplir su sueño que, por casualidades de la vida pudo hacer. Si no llega a ser por esa familia temerosa, no lo consigue, jeje.

Nosotros, una vez más, orgullosos de ella porque en todas las situaciones, nuestra niña es una VALIENTE.